Una sonrisa
Susan Sontag habla de la inmunización del telespectador “ante el dolor de los demás”. De este modo los telediarios y el debate público pasan de la guerra en Ucrania al genocidio palestino con la naturalidad del que termina de ver una película y cambia de canal o del que cambia de tema en una sobremesa entre amigos. Hablamos de niveles de catástrofe inasumibles para la mente humana. Yutú está colmado de documentales que muestran la infinidad de frentes abiertos que tiene la humanidad: la represión de las mujeres en Irán y el resto de Oriente Próximo, las inhumanas condiciones de trabajo de las minas de cobalto en el Congo; las venas abiertas de América Latina; los cientos de personas que llegan constantemente en patera a las costas españolas huyendo del hambre y la violencia, contando con los que perecen en el camino y han hecho del mar Mediterráneo un improvisado cementerio; en Japón, el suicidio, la soledad, el aislamiento por parte de los jóvenes hikikomori, incapaces de enfrentarse a una realidad hostil, y las extenuantes jornadas laborales; respecto a esto último, y de acuerdo con la OMS, “trabajar cincuenta y cinco horas o más por semana es un grave peligro para la salud”; los japoneses tienen una palabra para nombrar un fenómeno que distingue a su cultura laboral: Karoshi; sin salir del continente asiático, no hace mucho ley “La máquina es tu amo y señor”, un librito que recoge los testimonios de varios ex trabajadores de Foxconn, la mayor empresa fabricante a nivel mundial de componentes electrónicos, y que da servicio a compañías como Apple, Amazon o Google; una ciudad-fábrica ubicada en Shenzhen, de la que en 2010, y a raíz de una oleada de suicidios, se sacaron a la luz las condiciones infrahumanas en las que vive y trabaja su plantilla laboral, formada en su mayoría por jóvenes y migrantes llegados de diferentes regiones rurales de China. La lista de dolores y venas abiertas que tiene la humanidad es interminable. El mundo es un polvorín. La personas, no obstante, nos seguimos aferrando a la esperanza. Ayer mismo veía el adelanto del último vídeo de Planeta Juan, quien atravesaba en balsa junto a varios migrantes la frontera entre Guatemala y México. Al llegar a tierra firme recorrió un campamento de personas que esperaban para pasar a México. Entrevistó a una joven pareja de venezolanos con hijos. Gente sin nada: sin dinero y sin patria. Únicamente tenían el ímpetu propio de la juventud. Venían de Venezuela y pretendían llegar a Texas. Habló el padre, y sonreía. Una sonrisa conmovedora.
Jesús de la Palma
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