Intuición
De las tres fotos que me hicieron ayer con M. A. en brazos durante la comida de Reyes la que más me gusta es esa en la que no salgo posando, sino gesticulando y con la boca abierta: le decía a L., mi sobrino de cuatro años, que no pusiera las manos delante de la cámara. De hecho, la foto es tan imperfecta que también aparece la mano de L. Es la foto que más me gusta porque es la más natural. Este tipo de fotografías son fruto de una época; cuando de los carretes se aprovechaba hasta el último negativo; hoy, con el dominio de las redes sociales y su idiosincrasia particular, las fotografías impresas están en vías de extinción. Ahora se edita hasta el más ínfimo detalle; incluso el teléfono más sencillo tiene la opción de aclarar el color de los dientes o disimular las ojeras. Este grado de frivolidad me espanta y me hace desconfiar hasta sentir en ocasiones una sensación de desasosiego que troca en pavor. Todo cambia, y yo, por edad, he decidido detener la marcha, plantarme. Eso de...