Un malafollá
El dueño de la cafetería jazzística es, como diríamos en Graná, «un malafollá». El tío es sieso y desaborido como él solo. A mí ya me pasó, pero ahora soy espectador privilegiado de cómo les pega un desplante de campeonato a los clientes que le piden algo para merendar. «No enciendo la plancha por la tarde», les responde a los incautos que piden un sángüich o un croasán mixto. Les responde secamente, sin más explicaciones; como si el negocio no fuera suyo. A mí me gusta ir porque el ambiente es acogedor. Es perfecto para una primera cita o para una charla entre dos amigos que quieran hablar de intimidades o de cómo afecta a la salud mental del bienpensante el curso de los acontecimientos. También me gusta la lista de reproducción que suele poner en la tele a través de Yutú; hoy, por ejemplo, han sonado Rick James, Prince y Hall & Oates. Al ir a pagar se lo he referido, porque es música que suelo escuchar, a lo que, con su característica malafollá, en este caso, asturiana, me ha respondido: «Hombre, es que tengo sesenta años».
Jesús de la Palma
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