Bienvenidos a la madurez
Y de pronto un día, sin saber cómo, un señor alto, muy serio y corpulento, todo vestido de negro, nos invita a cruzar un portón enorme que da a una sala inmensa y oscura, sin apenas ventilación, donde hay cadáveres a cada paso y la sangre mancha las paredes y el suelo y gotea del techo, y entonces vemos que todo el mundo danza en un tétrico baile de mascaras con una mano a la espalda y un puñal acechando cualquier señal de debilidad, y huele a herrumbre y a muerte y cuanto más nos adentrarnos más intenso es el olor y más se deleitan con él los concurrentes mientras bailan y sonríen sin parar con sus puñales a la espalda, y entonces nos percatamos de que pisamos sobre cadáveres y que no importa, porque hay que seguir danzando y sonriendo, y arriba, en el techo, más cadáveres, sujetos del cuello por recias y bastas sogas, y sesos estampados en la pared con los que los más sarcásticos de todos ellos han tenido a bien escribir: «Bienvenidos a la madurez».
Jesús de la Palma
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