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Escribir sobre cualquier cosa

Alguien como yo podría escribir sobre cualquier cosa. Me refiero a los lugares y sentimientos en común. De gatos, por ejemplo. De los gatos de la casa del final de la calle o de los de la casa abandonada que está cerca de donde vivió mi padre cuando era niño. ¿Quién me iba a decir que terminaría viviendo tan cerca de donde él creció? Más aún, su nieto, que se llama igual, y tiene su misma barbilla partida, al igual que yo, también pasará su infancia en el mismo lugar. Mi padre se iba andando hasta la calle Pavaneras, donde estaba la Escuela de Maestría Industrial, para ahorrarse los dos reales que le costaba el tranvía. Un buen trecho. El mismo trecho que hace a diario una mujer de edad madura que se viste con colores llamativos, con una sofisticación de impacto, y que tiene a toda la población atenta. Hasta se habla de ella en los grupos de Facebook de la zona. Todos nos preguntamos quién será. Yo me la he cruzado de cerca y es divina. Puedo escribir sobre cualquier cosa con tal de es...

Estadísticas

No sabemos cuántas personas se suicidaban al día en la Antigüedad. No existía tal cosa entonces como la estadística. Hoy hay hasta asignaturas en la universidad. A mí se me atravesó una; aún así, la aprobé. Conservo el libro, todo subrayado y manoseado, a la manera de un trofeo. Actualmente se lleva la cuenta de todo, hay estadísticas hasta de los países más felices, ¿habrase visto cosa más delirante? Lo que no me parece desacertado es el estudio estadístico de las muertes por suicidio. Cada día de 2021, once personas se quitaron la vida en España. Este dramático suceso acontece aun a expensas de los psicofármacos de última generación y las políticas, cada vez más crecientes, en favor de la salud mental. De otro ámbito tenemos la fiebre del discurso optimista, que ocupa hasta el último vestigio de la conciencia social. Ayer mismo, en Cortefiel, donde la media de edad de los clientes está por encima de los cuarenta años, camisetas de un Mickey Mouse con sonrisa de oreja a oreja. En la A...

Según que cosas

Empiezo a estar mayor para según qué cosas. Antes me ha salido al paso una foto de John Wayne de vacaciones en México, y según la fecha en que estaba datada, le he calculado al actor cuarenta años de edad. Aparece en bañador y con una camisa abierta.  Me veo mayor, entre otras cosas, para posar en bañador. También para estar fuera hasta muy tarde. Vuelvo paulatinamente a mis orígenes, me refiero a la niñez. Madurar no es hacerse niño, sino recobrar conscientemente ciertos hábitos saludables de la infancia. Recuerdo, por ejemplo, la primera vez que salí con mi padre de madrugada; de camino a la cochera, me llevaba a urgencias, y me advirtió que no me separará de él, pues la noche era peligrosa. El miedo se apoderó de todo mi pequeño ser de aquel entonces. Ahora me veo bien con ropa oscura y holgada, pasando desapercibido.  El tiempo también lo percibo de otro modo. No transcurre con lentitud y por lo tanto la excitación es menor. Puedo disfrutar de la lectura y el silencio; de ...

Diario de lecturas

“Diario de lecturas, interpretaciones y acontecimientos cotidianos”. Este es otro de esos posibles títulos que se me ocurren de cuando en cuando para ese libro del que ya hay buena parte escrito y que nunca verá la luz como tal.  Este título es más prosaico que cualquiera de los otros, de los que no me acuerdo, pero sí sé que tenían algo más de originalidad. Si tuviera que editarlo hoy me saltaría el orden cronológico y comenzaría con una entrada que hablara de la muerte. La idea de la muerte me lleva preocupando desde que tenía diecisiete años. Para bien y para mal.  Mi madre murió por la tarde; mi padre, por la mañana. Siempre le he encontrado sentido a morir de noche.  El orden siguiente del resto de entradas sería cronológico, que es lo más coherente para llevar a cabo una lectura atenta. Esto mismo que escribo es una entrada más del diario. De un calurosísimo día de finales de junio. El verano es un tormento, tanto en la playa como en la ciudad. Si pudiera me ahorrar...

Amor

Sócrates no dice «solo sé que no sé nada». Se acerca a ello en uno de los “diálogos dudosos”, el “Téages”, a saber: «Yo soy una persona que, por así decirlo, no sé nada, excepto un insignificante conocimiento, el del amor».  Del amor habla Sócrates en “El banquete”, donde nos dice que el Amor es el dios más antiguo y es para nosotros principio de los mayores bienes. Allí mismo, Erixímaxo da un consejo para aliviar el hipo si es muy pertinaz, a saber: «Coge algo con lo que puedas hacerte cosquillas en la nariz y estornuda». Amor es lo que siento yo ahora mismo mientras escribo esto con mi hijo conmigo, que acaba de tomarse el biberón y tiene hipo.  Dice agó y se chupa las manitas. En el principio del diálogo, me refiero a “El banquete”, Apolodoro se dirige a Glaucón en estos términos: «Hasta entonces yo vagaba al azar de un lado para otro y, en la creencia de que hacía algo importante, era más digno de lástima que cualquier otro, y no menos que tú ahora, que crees que debes ocu...

Minos

Para distinguir a las personas buenas y a los hombres perversos, Sócrates nos advierte en el “Minos” de que «en lo que hay que tener la máxima precaución es en evitar hablar sin fundamento cada vez que se va censurar o elogiar a alguien». Según este principio, el mundo estaría repleto de hombres perversos, ya que una mayoría aplastante de ciudadanos se dedica a replicar el debate político, y los políticos, dueños del mensaje, no hacen sino hablar sin fundamento cada vez que van a elogiar a un compañero o censurar al contrincante. Jesús de la Palma 

Vueltas concéntricas

Escribir el diario. Escribir como si estuviera perdido y andara concéntricamente en una selva espesa, dejando huellas visibles de mi paso, por si alguien se interesara en la búsqueda de mis mensajes. Escribir para buscar respuestas, no para darlas. Ayer, visita de M. Fue corta: C. tenía pronto una misa de difunto. Comimos helado y M. además tomó café. Vio al bebé cambiado. «¡Cómo ha crecido, y lo guapo que está», exclamó. Hablamos de amor y trabajo.  Más tarde, C. se fue a misa, M. a casa de una amiga, según nos dijo, y yo al gimnasio. Cuarenta minutos de cardio y trescientas calorías quemadas: ¿el helado? También varias series de cuádriceps y gemelos. Al volver, C. y yo cambiamos impresiones mientras cenamos. Principalmente, ella me cuenta, ya conoce mi rutina gimnástica. Al aparcar el coche, en un estacionamiento habilitado, dos mujeres se dirigen a ella: «Por favor, no aparque aquí, nos tapa la luz de la ventana». Ella: «Solo voy a estar un rato. Voy a misa y vuelvo». Ellas qued...